jueves, 16 de agosto de 2018

Arrhythmia: Acercándome a tu galaxia




Cine sin cotufas es mi particular terapia psicoanalítica. Veo una película o una serie y siento qué remueve dentro de mí esa experiencia. Muchas veces lo que observo es mi sombra, mi lado oscuro, que muchas veces esconde un don o talento que no quería reconocer.

Por lo general descifro el tema general de la obra y a partir de allí desarrollo mi particular crónica. Pero esta vez, con la cinta Rusa Arrhythmia (2017), del director Boris Khiebnikov, no fue la historia en general lo que movió algo dentro de mí sino un particular diálogo de uno de los personajes protagónicos.

En la película observamos el momento de quiebre de la relación de una pareja joven, una doctora y un paramédico. Para los ojos de un observador distraído el motivo detrás de la solicitud de divorcio de la mujer a su esposo podría ser la diferencia salarial y de estatus entre ambos o el vicio del alcohol del marido. Pero esto no es así, hay un motivo más sutil pero más trascendente que esto. 

La joven lo deja muy claro cuando ante el cuestionamiento de su esposo sobre las causas de querer el divorcio ella estalla y lo deja en medio de una autopista diciéndole antes que ella no le pide el divorcio por alguna razón crematística o económica, ella lo deja porque está cansada de luchar por pertenecer a la burbuja vibracional de su marido, o en palabras más llanas, no quiere ser un mueble más sino que desea formar parte fundamental de la vida de su pareja. 

El diálogo al que hago referencia y que me impactó dice más o menos lo siguiente: “Estoy cansada de querer aproximarme a tu galaxia y que tú no te des cuenta de ello”.

Aproximarme a tu galaxia. Esa fue la frase que me conmovió.

¿Cuántas veces dejamos de ser quienes somos para agradarle a la persona que nos gusta? ¿Cuántas veces nos dieron una patada por el culo –como debe ser- para quedarnos como un cometa a la deriva sin sistema solar al cual asirnos?

Como somos tozudos, luego de ser expulsados de la galaxia particular de alguien, corremos a gravitar alrededor del sol de otra persona. Descubrimos su particular conformación de planetas –léase parejas y amantes- y volvemos a recibir nuevamente una patada por el culo.

Esto ocurre una y otra vez hasta que ya cansados nos damos cuenta que la clave es dejar de ser cometas y convertirnos en soles. Generar nuestro particular sistema e insertarnos en la galaxia que nos corresponde por nivel de conciencia y vibración.

Es así como –algunas veces sí, algunas veces no- es posible que dos galaxias se encuentren y se fundan generando un sistema central de dos soles –o tres o cuatro…- que vivan en armonía siendo quienes son y dejando libres a quienes aman, disfrutando el placer de saberse cercanos.

Estoy generando mi propio sistema en el que yo soy un sol. Estoy vislumbrando el tipo de galaxia al que pertenezco. Hay soles que me parecen atractivos pero ya no juego a chancear. Hay un sol azul brillando claro y transparente en mi horizonte. Sé que mi paz está cerca de él. Por ahora sólo debo brillar con luz propia.



lunes, 13 de agosto de 2018

CounterPart: Integrar lo que vemos en el espejo




Cuando nacemos estamos conectados fuertemente a la fuente universal del amor, somos amor en estado puro. Pero con el paso del tiempo proyectamos ese amor que somos en las personas de nuestro entorno, principalmente en nuestros padres, y comenzamos a competir con nuestros hermanos por la atención de ellos. Para hacer esto creamos una personalidad paralela a nuestro espíritu esencial, algunos lo llaman ego. Este ego crea estrategias de supervivencia. Algunos usan la máscara del pusilánime para ser tomado como inofensivos y pasar desapercibidos; otros asumen una postura agresiva para ocultar sus miedos y mantener a los otros a raya. Si pudiéramos vernos en dos universos paralelos, en cada uno con un tipo de personalidad diferente, nos sorprendería lo aparentemente distintos que podemos llegar a ser. Esta es la idea central de la que parte la serie CounterPart, de la productora estadounidense Starz, escrita por Justin Marks y con la interpretación del personaje protagónico del actor J.K. Simmons, ganador del Oscar por la cinta Whiplash

Justo cuando ocurre la caída del mundo de Berlín sucede una distorsión espacio temporal que genera dos universos paralelos, inicialmente iguales en todo. Una pandemia azota uno de esos universos generando diferencias notables entre ambos a partir de ese suceso. De eso va CounterPart, pero es mucho más que una simple curiosidad posible en la ciencia ficción. 

Howard Silk 1 nunca ha dejado de asistir a su empleo en varias décadas, aunque siempre ha deseado un ascenso nunca lo han tomado en cuenta para ello dentro de la organización. Su esposa ha sufrido un grave accidente que la mantiene en coma, él no ha dejado un solo día de visitarla y leerle poesía. Sabe que es capaz de mucho más de lo que ha logrado pero continuamente se está repitiendo a sí mismo que no está preparado aún para dar el salto, le aterroriza mostrar sus talentos y ser rechazado.

Howard Silk 2 no tolera que nadie le levante la voz o le dé órdenes, ha logrado escalar en la estructura de la organización para la cual trabaja dejando varios “cadáveres” en el camino de entre los que osaron cruzársele. Eso de estar pendiente de lo que siente su esposa y su hija le parece una cursilería por lo que genera una ruptura con ambas. Es un lobo solitario y aparentemente se siente orgulloso de ello, pero cuando está a solas siente un vacío que lo come por dentro. 

El encuentro entre los dos Howard hará que uno se empodere y deje su máscara de desvalido con la que intentaba encajar en la sociedad y el otro logre ser más empático mostrando su lado vulnerable que escondía detrás de su postura de ser sobrado y autosuficiente. Ambos intentarán trascender sus posturas egóicas disfuncionales para ser una unidad completa en si misma sin necesidad de doblegarse o apabullar para mendigar o forzar el amor de los otros. Ambos en el fondo desean volver a su inocencia primigenia. 

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En una de mis caminatas por Madrid observé una pancarta electrónica que estaba proyectando una cita reflexiva: “- ¿Qué tomas para ser feliz? - Decisiones”. Y efectivamente es así, estamos felizmente condenados a tomar decisiones permanentemente. Aún si nuestra opción es no hacer nada, eso ya es una decisión que producirá sus respectivos efectos. Cada una de nuestras decisiones nos hace atravesar un portal a un universo particular de entre los infinitos posibles. Lo maravilloso es que en todo momento podemos detenernos y elegir nuevamente para proyectar ante nosotros un universo más benévolo que en el que estamos. Hace un tiempo escribí un cuento corto sobre este tema de la generación de universos paralelos a partir de las decisiones que tomamos. A continuación se los presento:

Paralelos
Sé que muchos optan por el cigarrillo para superar la ansiedad durante el día, pero yo prefiero utilizar el último gadget de Apple: el Parallel Clock, un artilugio que permite revisar las probabilidades de fortuna que tiene tomar alguna ruta en la vida al captar los diversos universos paralelos que nacen luego de tomar una decisión. No sé cómo funciona. Escuché que algo tienen que ver los recientes descubrimientos sobre la física cuántica, pero al igual que con el comando a distancia del televisor o el interruptor de la luz lo importante es si funciona. Desde su lanzamiento los tarotistas y otros mercachifles han caído en paro pues con este reloj todos podemos escoger nuestra siguiente acción sabiendo que es la más afortunada. Por lo general hay cientos de opciones disponibles por cada pregunta que le dictamos al Parallel Clock, pero en este momento hay una novedad: Parado en esta esquina el reloj me muestra un solo universo posible. Tengo miedo de moverme y perder mi destino, así que espero. 
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Alguien tuiteó: De una sola bala mataron a un transeúnte que esperaba para atravesar la avenida. El robo no parece ser el móvil pues no le robaron su reloj. 

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En el capítulo 8 de la primera temporada de CounterPart los dos Howard se citan en el punto medio de los dos universos paralelos entre los que se han intercambiado. Su conversación es reveladora de la transformación que cada uno está viviendo al encarnar el estilo de vida del otro:

- Sí, la gente tiende a hacer locuras cuando sabe cómo es la vida de su otro yo. 
- ¿Así que lo has hecho por mi bien? 
- No deberíamos seguir aquí. Gracias por la información, lo comprobaré. 
- ¿Hay algo de verdad en ti? Después de todo lo que he visto, de lo que has hecho. ¿Queda un rastro de honestidad en ti?
- Mírate, Howard.
- ¿Lo hago, créeme?
- No hace tanto que te envié allí, como un cervatillo en el bosque. Y ahora persigues espías y me traes información útil. 
- ¿Qué quieres decir?
- Deberías darme las gracias.
- ¿Por qué?
- ¡Por abrirte los ojos, mierda! ¿Qué demonios eras antes? El patético maridito leal, mediocre, sumiso e inútil, con tus flores para la mesilla y tu maldita poesía. Mírate ahora. Hay un brillo distinto en tu mirada. ¿Estás disfrutando de mi familia?
- Te odian.
- Sí, es muy posible. 
- Aunque… algo menos últimamente.
- No me ha costado tanto sacar tu imagen del arroyo.
- Un poco de amabilidad, un poco de atención. Te sorprendería lo que se consigue así. He vuelto halgo de bondad a las cenizas de tu existencia… ¡dame tú las gracias!
- Te encanta, ¿verdad? Ir por ahí metiendo las narices en cada detalle de mi vida, en cada fibra de mi ser. 
- Te estamos ayudando.
- “Estamos” otra vez. ¿Sientes algo por ella, Howard?
- ¿Qué?
- Vamos, lo tienes delante: una segunda oportunidad. ¿No? O al menos una oportunidad de, bueno, probar y comparar. 
- Ella no es mi mujer.
- ¿Te gustaría mudarte a tu antiguo piso? ¿Vivir con ella? ¿Sentarte a la mesa con la hija que nunca tuviste? 
- Esta no es mi vida. Es la tuya, no la mía. 
- Sí, y hablando de tu vida, llevamos ya un rato aquí sentados y ni siquiera has preguntado por tu querida Bella Durmiente. Su situación no ha cambiado, por cierto. No sé si puedo decir lo mismo de ti. ¡O incluso de mí, por Dios! Me está matando, vivir tu vida. Cada vez que me miro al espejo, veo más y más de ti reflejado. Todo lo peor de mí, la debilidad y la tristeza me está invadiendo. No te culpo por no echar esto de menos. Aquello es mejor. 
- Lo hago. La echo de menos. 
- ¡Si ni siquiera sabes quién demonios es! Dios, pero que ciego estás. Siento lo de tu amigo del Go, por cierto. No creo que vuelvas a verlo por aquí.
- ¿Andrei?
- No sé cómo demonios lo has hecho para no enterarte de nada. Se conocen del hospital. ¿A su hermana la han ingresado ese mismo día? Qué coincidencia. Pero tú nunca las has visto. Él sin embargo te pregunta: ¿Cómo está tu mujer, Howard? ¿Cómo sigue?
- ¿De qué estás hablando?
- ¿Tú qué crees? ¡Se acostaban! Mierda. Dios, ¿es que no lo ves? ¡En qué estado de negación debes de estar para seguir idealizándola como lo haces! 
- Conozco a mi esposa. 
- ¿Qué? Perdona. Creo que no te he oído bien. Es un espía, Howard. Una farsante, igual que mi mujer. Es una superviviente que utilizaría lo que fuera y a quien fuera para conseguir lo que quiere.
- Bien, ya basta. 
- ¿Crees que tu vida es mucho mejor que la mía? Tu pequeña y miserable existencia. Las mentiras, unas cuantas frases de tarjetas de cumpleaños. Te dejas engañar con gusto. 
- Lo sé. 
- Vas siempre de puntillas. ¡Por el amor de Dios… no me extraña que te pasen por encima como una apisonadora! 
- ¡Maldita sea! ¡He dicho que lo sé! ¡Ya lo sé! Tantos años, las noches fuera, las excusas. ¿Crees que nunca me preguntaba nada? Lo sabía, sabía lo que pasaba. No… no los detalles de su trabajo, pero sí las mentiras. Sabía… lo de Andrei. Porque no ha sido el primero. Es humana. Ha cometido errores. E intentamos superarlo. Sé que no puedes entenderlo. Que a ti no te importa lo suficiente para esforzarte. La amo por todo lo que es y por todo lo que no es. Y al final, esa capacidad de amar, la capacidad de amar a alguien de forma desinteresada es lo único que me distinguirá de ti. 
- Deja de meterte en mi vida. No es la tuya. Son unas malditas vacaciones. Pero tarde o temprano volveré y tú volverás aquí, y no habrá cambiado nada. 
- Supongo que no hay más que decir. 

§

Pensando en las disfuncionalidades egóicas que usamos para sobrevivir estuve pensando en las que podría haber asumido yo. Supongo que inconscientemente he utilizado máscaras para intentar adaptarme a la sociedad. Una máscara que sí recuerdo haber utilizado como medio de poder encajar en un grupo fue durante mi etapa de estudios de bachillerato. Cuando noté que mis notas me hacían ver como el cerebrito de la clase, no quise caer en el cliché de ser el nerd inadaptado que no es amigo de nadie o no invitan a las fiestas, así que sin descuidar mis estudios me forcé a ser “cool” frente a mis compañeros: participé de grupos deportivos, aprendí a bailar, e incluso me escapaba con ellos cuando decidían saltarse una clase e ir a tomar cervezas… Muchas de esas actividades en realidad no me gustaban pero las hacía para no ser rechazado. Ahora de adulto entiendo que lo que estaba haciendo era mendigando amor. Luego del bachillerato seguí usando esa postura de no alardear de mis talentos para que no me rechazaran. Lo que me funcionó en el bachillerato y quizá un poco en la Universidad ha sido fatal en mi fase profesional. Cuando debería mostrar mis talentos abiertamente y sin complejos, siento el temor adolescente de que no debería hacerlo o seré rechazado. 

Una youtuber famosa de astrología, Mia Astral, siempre dice “Cuando eres consiente no puedes ser indiferente”. Tiene razón. Ahora que entiendo que sigo actuando por inercia con posturas que ya no son funcionales debo hacerme cargo de ello y empoderarme. Dejar de esconderme detrás de la máscara del agradable, para mostrar quien en realidad soy, el capaz, aunque a algunos le pueda caer mal, ese no debe ser mi problema. 

Pensando en los universos que se despliegan ante mí con cada nueva decisión, en un primer momento me siento abrumado o perdido. Pero cuando me doy cuenta que sólo basta tener claro el núcleo de mi esencia –lo que amo, lo que quiero hacer y mis requerimientos- todas las decisiones fluyen con más facilidad y transparencia. A esto yo lo llamo mi “Tao personal”, y me está ayudando a crearme una vida de la cual me guste ser protagonista... sin máscaras.  Quiero ver cada mañana en el espejo mi verdadero rostro, con sus luces y sus sombras. 



jueves, 9 de agosto de 2018

Once Upon A Time in November: Ya basta de “búscate la vida”.



Por @Joaquin_Pereira

No importa si fuiste profesora o si eres un estudiante destacado de derecho, o amante de los animales o defensor de la ecología, si tu pirámide de Maslow le falta la base estás jodido y todos terminan diciéndote esa nefasta frase de “búscate la vida”.

No importa el bien que hayas hecho ni lo bien intencionado que seas, si a tu país lo secuestra un grupito de narcotraficantes –léase Venezuela- y te obligan a salir despavorido a un país donde nadie te conoce, la incertidumbre será tu compañera de viaje.

Fue inevitable pensar en ello cuando comencé a ver la película Once Upon A Time in November, del director Andrzej Jakimowsky (Polonia, 2017), dentro del ciclo de películas indie que proyectan a cielo abierto en Matadero, Madrid.

Un joven estudiante de derecho deambula por Varsovia en noviembre de 2013 al haber sido desahuciado de su vivienda junto con su madre y su perro por no poder pagar la hipoteca que pesaba sobre ella. Para colmo la ciudad sufre violentas manifestaciones entre fascistas y revolucionarios. 

Estuve a punto de pararme de la silla y dejar la proyección a medias al ver cómo el protagonista busca desesperadamente a su mascota extraviada en medio de las protestas callejeras. Todo en la cinta me recordaba aspectos dolorosos de mi pasado reciente que me he obligado a no pensar en ello para no ahogarme mientras intento abrirme paso en una ciudad en la que a nadie le importas una ostia.

En primer lugar está el temor a quedarme en la calle por no alcanzar el pago de la habitación que logré alquilar. Luego está la culpa por las mascotas que debí dejar en Venezuela en un par de refugios, cuyos dueños irresponsables terminaron extraviándolas o matándolas de hambre. Y también está el recuerdo de las protestas callejeras vividas en 2017 en Venezuela en la que murieron tantos jóvenes luchando contra un régimen dirigido por crápulas. 





Es como si la vida se estuviera burlando de mí, o si estuviera haciéndome pagar por un karma del que intenté escabullirme. Que si no lo quieres recordar tío te lo voy a poner en frente por una hora y en pantalla grande.

Luego de sufrir durante casi 100 minutos regresé a mi habitación en Madrid, agradeciendo que por esa noche tuviera techo y comida. Me acosté a dormir pensando que por lo menos por algunas horas no tendría de qué preocuparme. 

El problema es cuando sale el sol y la realidad se cuela por tu ventana. Allí tienes que echar mano de todas las estrategias de resiliencia que has tenido que utilizar desde que naciste para no volverte loco y lograr alcanzar tus metas.

Cada vez que creo haber pasado la tempestad una nueva urgencia me recuerda que Urano sigue en mi casa 12 destruyendo todo lo que alguna vez me dio seguridad, y ahora para colmo comenzó su retrogradación –me disculpan los que no sepan de astrología.

Para quien siempre ha logrado superar las adversidades y en el camino ayudado a otros con sus problemas, tener que admitir que requieres ayuda es algo que no aceptas fácilmente. Sé que todo va a pasar… alguna vez… quizá en noviembre. 



miércoles, 8 de agosto de 2018

Daphne: Entre el sexo y el amor




En los primeros 100 días de mi exilio en Madrid -digiriendo el impacto de pasar de un país donde nada funciona y todo escasea a uno donde todo fluye y hay abundancia de opciones- me he cuestionado sobre lo qué es lo verdaderamente valioso y trascendente.  

Confieso que por momentos me he sentido como la protagonista de la película Daphne, del director Peter Mackie Burns (Reino Unido, 2017), haciéndome preguntas como ¿vale la pena vivir?, ¿hay algo allá de la muerte?, ¿puede haber amor más allá del sexo?

En una de las escenas la chica es testigo de una agresión contra el dependiente de una farmacia. Mientras se desangraba lo único que repetía el hombre agredido era que quería tener cerca la foto de su familia. Para él sus hijos y esposa constituían lo más importante en su vida.

Por otro lado la vemos también conversando con su jefe sobre la existencia o no del amor. Éste le contesta que cada quien busca como satisfacer sus carencias, puedes tener una pareja y buscar sexo con otras personas, le dice. 

¿Lugar o no-lugar? Esa es la cuestión. Una foto significando todo para un moribundo y el sexo como algo tan intrascendente como fumarse un cigarro y botar la colilla. ¿Cómo conciliar ambos extremos?

Si seguimos colocando el foco de nuestra atención en lo que el mundo o la sociedad nos ofrece continuaremos tan perdidos como Daphne, ahogando nuestra incertidumbre en el alcohol y buscando en el placer del sexo sin amor una distracción momentánea.

Lo que me ha hecho no perderme en este laberinto de seres desolados y atemorizados es detenerme y recordar qué es verdaderamente valioso para mí. Yo lo llamo mi “Tao”. Consiste en una lista muy corta que incluye lo que amo verdaderamente y la obra que quiero dejarle al mundo. 

Siguen los cantos de sirena y las luces deslumbrándome en esta ciudad que se parece a un desfile interminable de maniquíes sin corazón, pero yo conservo en el bolsillo de mi camisa, del lado del corazón, una pequeña botellita de vidrio que asocio con mi “Tao”. Cada vez que me siento perdido tomo esa pequeña botellita entre mis manos y recuerdo por qué vale el esfuerzo vivir y cuál es mi lugar trascendente. 

El amor existe Daphne, si sólo dejaras de emborracharte y de follar con cualquiera podrías encontrarlo, comenzando con el reflejo de tu espejo por la mañana. Yo lo intento. 



martes, 7 de agosto de 2018

The Last Painting: Trascendiendo el dolor con arte



Por @Joaquin_Pereira

Un pintor en un estado notablemente afectado toma dos ojos y los mezcla con la pintura de tu última obra. Puede sonar a spoiler pero no sé si este término incluye también a las primeras escenas de una película. Más aún si está construida al estilo Crónica de una muerte anunciada.  

Se trata de la cinta The Lost Painting, del director Cheng Hung-I (Taiwan, 2017). El cuerpo de una joven muerta aparece desnudo, cubierto con pintura blanca y sin ojos en el apartamento-taller de un joven pintor admirado por su talento. 

Durante 107 minutos el espectador irá descubriendo quién causó la muerte y porqué. Hay cuatro posibles sospechosos del supuesto crimen: el pintor, su amante bailarina, un joven político y el amigo travesti de la muerta. Hay que decir que este último personaje por muy poco se roba la atención de la historia, convirtiéndose casi en protagonista por su drama personal al no reconocerse en el cuerpo con el que nació.

Además del juego de espejo –típico en relaciones de pareja- que ocurre entre el escéptico pintor y la esperanzada activista, cuya convivencia va equilibrando ambas tendencias egóicas, la película nos muestra cómo podemos trascender la mierda del mundo si la transformamos en arte.

El pintor llega a rozar la locura después de vivir la experiencia de represión policial contra una protesta estudiantil. Su forma de digerir todo el horror fue mostrar las escenas que vivió en varias pinturas. Luego de ello, decide aislarse del mundo, quizá para no volver a sentir un dolor tan extremo. 

En eso aparece esta especie de Candy-Candy taiwanesa y lo acusa de cobarde por dejar de expresar con su arte los deseos de libertad de su generación al dedicarse a pintar aparentemente situaciones intrascendentes. 

Cuando descubrimos cómo murió la joven entendemos que el pintor no traicionó su don para transmutar el horror en arte sino que alcanzó un nivel superior al pasar de retratar la violencia callejera a mostrar las sutilezas del mal representadas en los siete pecados capitales.

Esos ojos que el pintor incluye en la mezcla de su pintura son una metáfora de lo que los escritores hacemos también cuando escribimos. Todo eso que nos carcome por dentro, incluso de forma inconsciente, cobra sentido en nuestra obra. 

Como una especie de terapia gestáltica, escribir ha significado para mí una forma de poder vivir en medio de situaciones extremadamente complejas y dolorosas. Así mismo a lo largo de estos años dictando una taller de escritura creativa he visto como los participantes muestran su dolor personal, así sea que aparentemente sólo están hablando de dragones o princesas.

En varias ocasiones a lo largo de mi vida me he sentido perdido o abrumado.  Únicamente cuando he logrado transmutar en un texto las emociones que se agitan dentro de mí es cuando he podido alcanzar nuevamente mi centro y volver a respirar en paz.

No entiendo cómo la gente “normal” puede soportar convivir con sus tragedias personales sin ahogarse en ellas. Comprendo que el uso de drogas, el sexo sin amor y los medios de distracción masiva permiten taponear el dolor de cierta manera pero ¿a costa de qué?: convirtiéndonos en esclavos.

Escribir, como la pintura en el caso del protagonista de The Last Painting, ha significado para mí la forma de plantarle cara al dolor, agarrar al Minotauro por los cuernos y sacarlo por fin del laberinto. Luego de pintar con palabras un texto en la hoja en blanco logro la distancia emocional que requiero para ver el rostro de ese monstruo interno que me acosaba y por fin abrazarlo. 

Luego de cada decepción con que el mundo me presenta “su realidad”, un texto, una historia que escribo, me vuelve a salvar. Un respiro hasta el próximo dolor.



lunes, 6 de agosto de 2018

So Help Me God: Quitándole el drama a la vida



Hay un lugar en Madrid con un nombre un poco fuerte para mi gusto pero es muestra de lo que el ser humano puede hacer para transformar el dolor en arte: Matadero. 

Hace décadas era destinado al oficio de “beneficiar” reces –eufemismo mediante para las pobres reces-. En la actualidad es utilizado para mostrar y desarrollar diversas actividades culturales y artísticas.

Durante el mes de agosto de este 2018 -cuando el calor del verano está a tope-, proyectan allí estrenos de cine indie al aire libre, bajo el cielo abierto. 

Los que no están familiarizados con el concepto de indie puede que se lleven una sorpresa no muy agradable para su paladar edulcorado por el cine comercial y la televisión basura. Se trata de historias diversas que se caracterizan por la particular forma de ser contadas, con un aire a realismo y cotidianidad.

La primera película de la serie proviene de Bélgica, es una comedia dramática de 2017, producida por Jean Libon e Yves Hinant, titulada So Help Me God. Es el primer largometraje de esta pareja de realizadores que traen el aval de realizar una exitosa serie de televisión cuyos seguidores consideran de culto, llamada StripTease

La cinta muestra a una excéntrica juez belga, Anne Gruwex, desempeñando su oficio de impartir justicia entre el desparpajo y la ironía, algunas veces bordando la ilegalidad. 

Para un descendiente de portugueses como yo, criado con la pasión, el dolor y la nostalgia del fado, ver una película como ésta significa un ejercicio de reubicación de puntos de referencia. Voy a intentar explicarme.



Ante el escritorio de la juez Gruwex vemos pasar varias personas junto a su abogado correspondiente para escuchar la sentencia de su caso. Violencia doméstica, agresiones sexuales, demandas laborales, robos, y hasta la reapertura de una investigación de asesinato son los expedientes que pasan por las manos de esta especie de Rey Salomón moderna. 

Con una sonrisa en el rostro llega a amenazar a uno de los comparecientes a su despacho de utilizar la fuerza si se niega a otorgar una muestra de su ADN. Escucha con curiosidad las diversas técnicas de una trabajadora sexual con sus clientes -que incluye el uso de cintas y agujas para provocar excitación, y hasta masaje prostático-, concluyendo que le parece “una chica muy sana”. Juega con su autoridad para saltarse el tráfico de la ciudad utilizando la sirena de funcionaria de justicia y asiste a la exhumación de un cadáver con una llamativa sombrilla rozada.

En resumen, todo lo que nuestro ego cataloga de atemorizante o trágico es presentado en So Help Me God como trivial e intrascendente. El humor se logra sin efectos forzados ni chanzas, como cuando nos reímos de alguien que sufre una caída estrepitosa.

Los que buscan la narración de una historia con el tradicional inicio-nudo-desenlace se pueden sentir confundidos al observar la sucesión de casos tratados por la jueza. Puede ser que la reapertura de la investigación de un asesinato que se va desarrollando durante toda la película calme un poco su sed de “vine al cine, quiero que me cuenten una historia”. 

En realidad la película funciona como aquellas listas literarias que tanto gustaban a Umberto Eco. Una especie de muestrario de una colección particular de objetos curiosos que terminan funcionando como las piedras que mueve un río en su cauce: puliendo las aristas de nuestros miedos y tabúes. 

Salí de la proyección con la sensación de que el mundo no necesita ser salvado, que todo es perfecto tal cual es, hasta en su dimensión más bizarra. 

Ver una película indie en un espacio utilizado antaño para sacrificar reces, es como la cerveza que se toma la juez mientras observa las fotos de una escena de crimen: un “me vale madre” necesario para que la realidad no nos termine ahogando y poder incluso llegar a disfrutarla.



jueves, 18 de enero de 2018

Olive Kitteridge: Mirando de frente a la depresión


Por @Joaquin_Pereira

Vivimos en una sociedad que ha generado sistemas de “distracción masiva” que nos evitan enfrentarnos adecuadamente con el dolor y la tristeza: la televisión, las redes sociales, el sexo, el dinero, las drogas,… Vivimos la mayoría del tiempo en “modo zombi”, desconectados de lo que sentimos por terror a no ser capaces de soportarlo y colapsar.

Justo en los días al final de un año y comienzo de uno nuevo, cuando los niveles de depresión aumentan, vi una serie corta -de sólo cuatro capítulos- de la cadena HBO titulada Olive Kitterdge (2014), que trata precisamente el tema de la depresión.

La serie es escrita por Jane Anderson y dirigida por Lisa Cholodenko; cuenta entre sus productores con Tom Hanks y es protagonizada por la actriz Frances McDormand - Óscar a la mejor actriz por Fargo (1996), Premio Tony a la mejor actriz por la producción de Broadway Good People (2011) y Primetime Emmy a la mejor actriz por Olive Kitteridge

La historia trata sobre la vida de una maestra que generó una particular personalidad misántropa –desprecio general por la humanidad- quizás principalmente por ser hija de un hombre que se suicidó y que creció con el estigma de ser propensa a la depresión.

Debo confesar que durante años he tenido que lidiar con lo que llamo “depresión soterrada”, una especie de tristeza que me ha alejado –para bien y para mal- de lo que se supone debe hacer un hombre en esta sociedad. Es por eso que por ejemplo a la hora de elegir un trabajo no encajo con horarios estrictos y escojo aquel que me dé la mayor libertad posible: periodista, fotógrafo, escritor y profesor. Tengo la necesidad de procesar de manera más lenta mis emociones y no soporto el ritmo de vida acelerado que lleva la sociedad actual. Paradójicamente esta “depresión soterrada” me ha ayudado a convertirme en motivador de creadores, tanto en las letras como en la fotografía. Incluso en una oportunidad una de mis talleristas me dijo que gracias a mi taller había superado el deseo de suicidarse. 

Durante 2016 y 2017 mi vida sufrió embates por varios frentes que hicieron que enfrentara inevitablemente ese “hueco negro” –y peor en las mañanas- de la depresión: mi padre biológico –que nunca estuvo conmigo- murió de cáncer, mi pareja de 7 años decidió irse del país y terminar con la relación, mi madre comenzó su espiral descendente en el Alzheimer –con picos de carácter violento-, tuve que desprenderme de mis mascotas poniéndolas en resguardo en albergues y para colmo Venezuela sufrió la mayor presión inflacionaria y política de las últimas décadas. Todo junto, al mismo tiempo, no tuve escapatoria. Yo que me jactaba de tomar sólo aspirinas cuando algún resfrío quería acercarse, tuve que aferrarme a la nicótica y a los ansiolíticos –aparte de la cafeína- para manejar mi estadio de ánimo.

::: Cuidado siguen spoilers :::

Debo advertir que lo que mencionaré a continuación incluye spoilers –anticipos de la historia-, así que aconsejo dejar su lectura en este punto y regresar luego de haber disfrutado esta obra de arte de la televisión. 

La serie Olive Kitteridge inicia con la protagonista preparando un particular picnic en el que pretende poner fin a su vida -o por lo menos salir de este mundo-, para luego pasar a un flashback de 25 años. 

En cuatro capítulos veremos a la protagonista enfrentarse a la muerte de aquellos a los que más ama. Particularmente me conmovió el romántico affaire que tuvo con un colega mientras estaba casada: sólo se intercambiaban poemas en los corredores y lo más cercano físicamente que estuvieron fue compartir un cigarrillo, pero su amor fue intenso. 

Cada uno de los comentarios sarcásticos de Olive Kitteridge sobre lo estúpido que resultan ser la mayoría de las personas me parecieron geniales y me sentí gratamente congraciado al escucharlos. En uno de ellos llega a afirmar que la depresión es síntoma de personas inteligentes, idea que comparto.

Al avanzar cada capítulo temía que se acercara el final del flashback para ver si por fin Olive Kitteridge se pegaba un tiro. Al final no lo hizo llegando a decir en el último diálogo de la serie algo que resume la forma como he lidiado con mi propio proceso de depresión: “Este mundo me desconcierta. Aún no quiero abandonarlo”.

Cada vez que la vida me coloca en una situación extrema o que sobrepasa mis capacidades de adaptación pensar en que soy escritor y que puedo transmutar todo ese dolor o miedo en parte de mi obra me saca del hoyo. De hecho hay una frase que seguro terminará siendo mi epitafio y que se la repito a mis alumnos cada vez que puedo: “Sólo tu obra te salva”.

Tus padres o parejas te pueden abandonar, puedes o no tener dinero o éxito, aquello que más amas puede alejarse incluso definitivamente, pero lo que nunca se irá de tu vida y con lo que siempre podrás contar es con tu obra. 

Puedes usar todas las muletas que necesites que te sostengan cuando estás deprimido: medicamentos, grupos de apoyo, lecturas, terapias, escritura de un diario… pero lo que puedo decirte es que lo único que me ha ayudado a vivir con la depresión y exorcizarla es verla de frente y decirle “te acepto, acepto que estoy triste, acepto que todo esto me ha dolido, no huyo más de ti”, desde ese momento el regalo oculto detrás de la depresión te es revelado: eres un ser humano, no eres una máquina construida en serie, estás vivo. La depresión una vez aceptada te conecta más profundamente con la vida. Te invito a mirarla de frente como siempre lo hizo el personaje de Olive Kitteridge.

::: Coleccionando créditos creativos :::

Antes de terminar esta especie de crónica les tengo una confesión más para bajarle un poco el tono dramático de la misma. Ésta es: además de coleccionar epígrafes de los libros que leo algo que siempre me ha gustado es coleccionar presentación de créditos creativos de series y películas. Uno de estos es el de la miniserie Olive Kitteridge: me encantó notar con cada capítulo que la cortina de presentación me revelaba pequeñas claves que terminarían dándole sentido a la historia. Y para ti, ¿cuál ha sido la presentación de créditos de un video que más te ha gustado? Y ahora que he logrado relajarte un poco, una última pregunta: ¿cuándo y dónde tendrás una cita con tu tristeza para reconciliarte con ella? Yo ya escogí el lugar: Finisterre, en Galicia, España, a 77 km de Santiago de Compostela.