Debe ser que debo tener algún grado en el espectro autista pero no me cabe en la cabeza cómo las personas van cambiando de máscaras de acuerdo a la situación que tiene enfrente. Yo en cambio tengo una sola cara y a tirar con ella en todos lados.
La mayoría de las personas para encajar en la sociedad cambia su personalidad de acuerdo a quién tiene enfrente: actúa de una manera frente a su pareja, de otra forma con sus hijos, una más en su trabajo y diferente con sus amigos.
Cuando finalmente se encuentran a solas -que para la mayoría es bajo la ducha o cuando caen agotados sobre su almohada- ya no saben quiénes son y entran en estado de angustia o pánico.
Les pasa de alguna forma como a las siete protagonistas de la película What happened to Monday? (2017), historia sobre una sociedad distópica escrita por Max Botkin y Kerry Williamson, y dirigida por Tommy Wirkola, con un casting de actores de lujo con los estupendos Noomi Rapace, Glenn Close, y Willem Dafoe.
En la cinta liberada por Netflix en agosto de 2017, siete hermanas tienen que compartir un mismo personaje para poder vivir en una sociedad que prohibía tener más de un solo hijo por pareja. Finalmente sus individualidades se revelan por mostrar su propio rostro al mundo.
Eso nos pasa a nosotros en las diversas crisis vitales que atravesamos. Es típico cuando las personas atraviesan la llamada crisis de los cuarenta o del “demonio del mediodía”. Ese momento de la vida en que nuestra verdadera personalidad se rebela y nos dice “WTF… ¿qué co… hemos hecho con nuestra vida?”.
Al intentar encajar en una pareja nos ocurre que nos abandonan. Al intentar conservar un empleo nos despiden. Al querer ser siempre exitosos nos pasa un bochorno incluso viral en esta época de redes sociales. ¿Por qué nos pasa eso?
Lo que ocurre es que la vida en su infinita sabiduría nos va tumbando las máscaras que usamos ante la sociedad para que nos demos cuenta que no necesitamos de ninguna de ellas para ser amados. Somos amor, son personas completas.
La paradoja está en que siendo más uno mismo los demás nos aprecian más, porque de alguna manera les recordamos que también ellas pueden ser auténticas.
¿Eres la misma persona todos los días de la semana? ¿El domingo entras en pánico y deseas que llegue pronto el lunes porque te aterroriza estar a solas contigo mismo? ¿Cuántas máscaras usas?
Hace unos días estuve en un club invitado por unos familiares. Lo típico: piscina, tenis, ping pong, bingo, bailoterapia, cervezas, pescado frito… En un momento en el que estaba relajándome en la piscina me sentí de repente angustiado, como si formara parte de una obra de teatro que alguien armó hace años y en la que sólo soy el clon de un personaje que se repite al infinito.
Cuando venimos al mundo no nos preguntan que quisiéramos hacer, cómo quisiéramos hacerlo, cuál es el mensaje o misión que traemos en esta encarnación. Nos ponen un nombre, unos apellidos, y nos encausan a formar parte de un sistema que si detenemos la marcha desbocada de la vida nos daremos cuenta que está profundamente enfermo.
Semanas atrás me di cuenta de lo mismo cuando estuve realizando una investigación en la hemeroteca nacional. Buscando una nota de prensa en varios periódicos de 1983 me sumergí en el acontecer mundial de aquella época: tragedias, asesinatos, robos, elecciones, guerra sucia entre políticos, carteleras de cine con los actores jóvenes del momento,… Lo mismo que podría encontrar en cualquier periódico actual.
Pareciera que la vida termina siendo un juego de distracción masiva que engulle a cada humano que nace y lo hace recorrer los mismos caminos trillados.
Esto termina concluyendo Sam Bell, el protagonista de la película Moon (2009), la opera prima del director Duncan Jones. Se cree que el primer terrícola encargado de llevar a cabo trabajos de excavación en la Luna, hasta que por accidente se da cuenta que es sólo uno más de un centenar de clones que han ocupado su puesto con anterioridad.
Como Sam quisiera reclamar mi independencia y mostrar que soy un ser original que merece cuestionar la realidad y decidir su particular forma de expresarse en el mundo.
¿Por qué debo formar una pareja para toda la vida? ¿Por qué debo aprender a manejar un carro? ¿Por qué debo jubilarme a determinada edad? ¿Por qué debo creer en determinado Dios? ¿Por qué debo odiar a tales tipos de personas?
Luego de ver Moon he iniciado un proceso profundo de cuestionamiento personal haciendo un inventario de las actitudes que asumo como normales y que ejerzo aparentemente con libertad y que más bien son la repetición de un guion social que sigo como un autómata.
De repente me he despertado y siento que ya no encajo en el sistema. Se siente como una especie de vértigo, pero poco a poco, superado el miedo, termina siendo un renacimiento. Vuelvo a hacerme preguntas: ¿Qué quiero hacer realmente antes de morir? ¿Cómo quiero que sean mis relaciones? ¿Estoy ejerciendo todo mi potencial? ¿Qué creencias me están limitando y puedo dejar a un lado?
No soy el clon de un personaje diseñado para consumir diversión prefabricada y mantenerme dormido. Soy un creador que vino al mundo a agitar conciencias. Sí, soy el escritor de mi propia vida. He dicho.
Si sólo vemos nuestros pies la angustia es el resultado obvio, si subimos la mirada a las estrellas es inevitable suspirar e inspirarse.
Somos infinitamente pequeños en el universo, aunque nuestro ego nos torture con un sinfín de “importantes problemas”. Pero a la vez somos infinitamente grandes, porque de toda la creación somos los únicos conscientes de su existencia y nos hacemos preguntas: ¿De dónde venimos? ¿A dónde nos dirigimos? ¿Estamos solos en el universo?
Esas preguntas son las que intentan responder los personajes de la película Europa report (2013), dirigida por el ecuatoriano Sebastián Cordero, en la que se muestra a una expedición tripulada que supera el límite alcanzado por el hombre fuera del planeta: hasta la luna Europa de Júpiter.
Como un adolescente que quiere salir de su casa paterna porque se siente asfixiado por la vida trillada, y que tiene que enfrentarse a la angustia de auto sostenerse fuera de lo conocido, los astronautas deben superar un entorno inclemente y silenciosamente aterrador.
En varias oportunidades los personajes en la película se hacen la pregunta “comparado con la amplitud del conocimiento por conocer ¿qué importancia tiene tu vida?”.
Nuestra mayor tragedia, el morir, no inmuta al universo: los planetas siguen sus trayectorias infinitas, los pájaros siguen poniendo sus huevos en sus nidos, llega otro otoño, las mareas suben y bajan puntuales,…
Si la vida nos pone la disyuntiva de salvar algo antes de morir decidimos salvar nuestro registro histórico. Esa es la decisión que asumen finalmente los personajes en Europa report. Dejarle a las generaciones futuras “aquello que vimos”. Como hicieron nuestros antepasados dejando las huellas de sus manos en las paredes de las cuevas.
Por mucho que hemos evolucionado como especie, el hombre sigue dándole prioridad a eso de contar historias alrededor del fuego.
Si nos vemos como seres pequeños, vulnerables ante un universo despiadado, sólo somos cifras de alguna estadística. En cambio, si valoramos nuestro potencial le damos importancia a nuestra particular obra, resguardar la particularísima percepción de la vida que hemos tenido.
Una vez más una película me permite concluir con mi frase favorita: “Sólo tu obra te salva”. Nuestra obra nos permite seguir adelante pese a la angustia de la certeza de la muerte.
De alguna manera estas crónicas que escribo sobre lo que despiertan en mí las películas son una forma de dejar de ser un simple espectador que consume y se va a dormir, para afirmarme como sujeto consciente que se hace preguntas y quiere dejar su huella en el mundo.
La búsqueda de conocimiento detiene nuestra angustia existencial. Es por eso quizá que cuando estamos deprimidos, atravesando un duelo o angustiados por un problema personal y de repente tiembla la tierra o escuchamos una noticia sobre algún nuevo descubrimiento, recuperamos el interés por la vida. Pareciera que el sentirnos parte de un ente superior –la humanidad-, nos libra de la cárcel de sentirnos solos e indefensos.
No tenemos que salir del planeta para valorar lo que somos, el viaje definitivo es a nuestro interior. Y desde ese centro extraer el mensaje que venimos a traer cuando decidimos encarnar. La clave para reconocerlo es que nos hace vibrar y agradecemos seguir respirando.
El ser humano ha sido tan condicionado en su proceso de socialización que se siente muy lejano a la naturaleza. Para muchos, ésta la asocian a un atasco del tráfico en época de vacaciones o a la molestia de los mosquitos cuando salen fuera de las ciudades y se adentran en zonas de mayor vegetación.
Es por eso que cuando se nos recuerda que nosotros somos también mamíferos nos chirría un poco la idea. ¿Somos animales? Quizá por esto cuando deseamos alejarnos de los convencionalismos y ser más libres afirmamos que deseamos ser como tal o cual animal.
Uno de los convencionalismos que pueden ser más castrantes es el matrimonio. Hasta tal punto se nos programa para formar pareja que los solteros son considerados parias.
Esa es la base argumental de la película The Lobster(2015), dirigida por el director griego Yorgos Lanthimos. Una sociedad distópica que obliga a los solteros a reunirse en un hotel para intentar por última vez emparejarse. Los que no lo hacen son condenados a transformarse en un animal.
En una ocasión en Caracas me invitaron a una reunión con un chamán que había escrito un libro titulado Aliados de Poder, consistía en un compendio de animales con una serie de características humanas asociadas.
En dicho encuentro se realizó una meditación grupal y se nos aseguraba que al final del proceso sentiríamos como el animal que correspondía a nuestro particular aliado de poder. Yo siempre escéptico participé de la experiencia un poco incrédulo de los resultados.
Al final de la meditación sentí que me había transformado en un ave. Quería extender mis alas pero notaba que estas estaban muy pegadas a mi cuerpo; además sentía que mis ojos eran enormes. Me había convertido en búho.
Cuando leí las características asociadas al búho me vi reflejado: gusto por la escritura y la lectura, más productivo de noche que de día, gusto por la enseñanza.
Carl Gustav Jung llamaba a estas experiencias "sincronicidad". Concluyó que el individuo y su entorno están intimamente conectados, por lo que hay momentos en que se generan coincidencias que pueden ser interpretadas simbólicamente por el individuo. Esto explica la eficacia de la meditación en la que participé y que despierta en forma simbólica de animal las características intrínsecas que poseemos.
Así es que si me obligaran a transfórmame en un animal si no logro emparejarme escogería al buho.
El mall de las parejas vs el bosque de los solteros
¿Cómo encontrar a la pareja perfecta? La mayoría inicia una relación basado en la atracción sexual y cuanto más fuerte es ésta parece más permanente. Pero aparte del sexo hay una miríada de características e intereses que pueden llevar al traste con la pareja por su incompatibilidad.
Hay quienes notan esto y concluyen que el amor de pareja es una ficción que debería limitarse al acto sexual ocasional: tiramos y fuera, a por otro.
Aunque creo que el amor entre dos personas es posible más allá de la atracción sexual, entiendo que puede ser difícil encontrar en una sola persona todo lo que buscamos en nuestras relaciones.
Cada vez veremos surgir con más libertad relaciones fragmentadas: tener sexo con una persona, formar una empresa con otra y admirar intelectualmente a otra. De unas personas nos puede atraer su físico y de otras su mente.
Para la generación Youtube el poliamor o el amor fragmentado no será algo descabellado sino más bien algo al que se aspira. No hablamos de infidelidad ni de promiscuidad. Hablamos de relaciones híbridas y de libertad personal.
Yo por si acaso ya he visto un árbol que me gusta al lado del lago alrededor del que troto en las mañanas para poner mi nido de búho si no logro emparejarme y una sociedad distópica me execra.
Alguna vez escribí que el peor asesino era la geografía porque marca tu destino desde el nacimiento… a menos que aprendas a volar sobre ella. ¿Es lo mismo nacer en una favela de Río de Janeiro, en uno de los barrios de París o en una de las calles de Nueva York?
En la película Snowpiercer (2013) –escrita por Kelly Masterson y dirigida por Bong Joon-ho-, los personajes tienen que lidiar también con la ubicación que les tocó en suerte. En este caso su mundo se reduce a los vagones de un tren cuyo único objetivo es seguir moviéndose indefinidamente para evitar morir ante el congelamiento del planeta.Dentro del mismo se desarrolla lo de siempre: diferentes clases sociales controladas por unos pocos.
Snowpiercer es la primera de las cintas que veo dentro del reto de una semana de historias de ciencia ficción. Siguiendo su trama recuerdo los diferentes vagones que he abordado a lo largo de mi vida. Quien me viera sentado en ellos podría hacerse una idea errada de quién soy. No me juzguen por el vagón, el único que tiene el mapa de mi destino soy yo.
A continuación cuatro de los vagones que me ha tocado utilizar en mi viaje:
4to vagón: infierno
El Metro de Caracas ya no es el mismo de los años ochenta o noventa del siglo pasado cuyos vagones olían a caja de juguete nuevo. Ahora el polvo y el óxido carcomen sus entrañas. Llego a la estación de Plaza Venezuela y entre una multitud de desesperados me dirijo a la trasferencia que me llevará hasta la Rinconada. Allí abordo el tren hacia los Valles del Tuy, hacia el infierno.
Ya no hace falta guardar las formas, te dan un cuadrado de cartulina desgastada como tiquete improvisado para pasar a los andenes. La gente no camina, se abalanza sobre el tren cuando llega.
Dentro huele a orines. Mientras el tren va atravesando círculos me distraigo viendo el paisaje pensando lo maravilloso que sería este viaje si no hiciera falta que los policías pasen entre los pasajeros buscando armas de fuego. Cuando la autoridad cambia de vagón comienza el mercado persa:
“Refresca tu paladar Venezuela con los barriletes de coco-menta por sólo 100 bolívares. Sabes que no puedes comprar nada por este precio en la calle.” Café, toddy, chocolate, chupetas, mentol chino, perejil, lápices, tostones,… piernas de elefante, ciegos, locos, cojos, mancos, sordos,…
Todo sea para visitar a mis queridas mascotas que tuve que poner en resguardo en un refugio en el infierno hace un año, luego que los dueños del monasterio donde vivíamos huyeron hacia España dejándome a la deriva en un país que se vino a pique.
3er vagón: purgatorio
El sol no escatima su furia hoy. El aire es de plomo al salir del Metro de Caracas en la estación de la California. Pido un cigarro a uno de los infinitos buhoneros que sobreviven pegados de la sartén en un país cuya inflación es la mayor del mundo. “Chéster a 500, Belmont a 600”. Pido un Belmont.
Debo visitar a mi madre que decidió jugar al olvido en medio de la mayor crisis que ha vivido Venezuela. Siempre dije que era muy lista. Para llegar a su casa debo pasar por el purgatorio: colas de más de 300 personas esperan la llegada de las camioneticas.
Un autobús pirata se acerca a la multitud y comienza la estampida. Una señora es golpeada al intentar abordar la unidad. Esta vez casi no lo cuenta. No puedo soportar hacer una cola de más de 10 personas, así que termino viajando parado por 2000 bolívares.
Cuando nos alejamos suenan los disparos. Por twitter me entero que un mototaxista fue asaltado recibiendo el impacto de una bala que lo atravesó golpeando también a su pasajera, una joven de 18 años que estudiaba administración. Ambos murieron.
2do vagón: limbo
A comienzos de los 90 del siglo pasado aprendí a hacer malabares en un circo español que fijó su carpa en Caracas algunos meses. Siempre significó la fantasía de la libertad que no podía permitirme: ¿qué dirían de un ingeniero de la Universidad Simón Bolívar que soñaba viajar por el mundo entre saltimbanquis?
El tren que abordé hacia Madrid luego de hacer el Camino de Santiago se detuvo 5 minutos en la estación Orense. Fue la única estación en que duró tanto. Yo sabía por qué ocurrió. Por años soñé con visitar esa ciudad, la ciudad de mi circo. Era la vida diciéndome “Te cumplí, te traje al sitio que tanto me pediste. Baja del tren, allí está tu libertad”.
Llegaste tarde vida. El dueño del circo hace años que murió y yo descubrí mi libertad entre libros. Las puertas por fin se cierran luego de un pitido. El tren continua el trayecto rumbo a Madrid.
1er vagón: ¿paraíso?
21 días estuve caminando feliz por el norte de España. 500 kilómetros desde Burgos a Santiago. La jornada anterior a la llegada a la catedral se me cayó la vieira que me identifica como peregrino rompiéndose en pequeños pedazos.
Sé lo que significaba: tendría que enfrentarme nuevamente al mundo frío y despiadado de una sociedad de seres desconectados de sí mismos.
Cuando el tren AVE que tomé en Santiago arriba a Madrid se supone que estarían esperándome las personas en quien confié mis maletas. Me siento en la sala de espera del terminal. Pasan las horas y no llegan.
No hay depresión más desesperante que la que se vive en una ciudad perfecta como Madrid. Por lo menos en Caracas tenía la excusa del caos.
Hay dos características que me sirven de forma personal para identificar si una obra es maestra o no: su trascendencia en el tiempo y la inspiración constante que ejerce en otros autores para generar nuevas obras. Un ejemplo de esto sin duda es el libro Frankenstein o El moderno Prometeo de Mary Shelley, publicado en 1818. Hace poco vi una serie de televisión inglesa inspirada en la obra de Shelley llamada Frankenstein Chronicles, creada por Benjamin Ross y Barry Langford, cuya primera temporada fue transmitida en 2015. De forma inteligente los productores de la serie aprovechan el conocimiento que tiene el público de la historia original para con una economía de recursos contar un nuevo relato. Me hizo recordar -guardando las debidas diferencias-, lo que se hizo en la serie Da Vinci's Demons: en ambos casos se utilizan personajes históricos como parte de una ficción verosímil. El trabajo de los escritores se asemeja de alguna forma al realizado por el doctor Frankenstein cuando creó a su monstruo y le insufló vida. Tomamos retazos de historias y de experiencias y las unimos en un mosaico más o menos coherente. Luego de varias revisiones y luchas internas, el autor logra que el corazón del libro comience a latir y lo suelta al mundo confiado que su creación no termine siendo incendiada por los lectores o peor aún ignorada. ¿Qué hace a una historia como la de Frankestein lograr cautivar la atención de millones de personas de varias generaciones? Creo que la clave está en tocar las inquietudes más atávicas de la humanidad, la muerte y la creación de la vida. Nuestro papel como escritores es identificar esos temas fuerza que agobian el corazón de la humanidad para intentar generar una catarsis en nuestros lectores. Y como toda obra habla en primer lugar de su autor, debemos buscar en nuestros propios agobios la inspiración para escribirla. Nuestros temores, nuestros deseos, terminan siendo también los de la humanidad. Contar nuestra historia es de alguna forma contar la historia del hombre en su paso por la Tierra. Al principio del proceso de escritura observamos sobre nuestra mesa de trabajo retazos de lo que queremos convertir en un libro: ideas, confesiones, escenas, embriones de personajes… Luego con más fe que razón comenzamos a cortar y a tejer armando una especie de rompecabezas cuya imagen completa nos despierta en sueños, nos sorprende bañándonos, nos acompaña mientras conducimos,… Llegado el momento quisiéramos que viniera una tormenta y una de sus descargas pusiera en movimiento la trama que fuimos armando. La sangre que transmite el oxígeno que despierta al libro es nuestra sangre, la que salió de nuestras heridas y magulladuras al mover en cada jornada de escritura una roca desde el pie de la montaña hasta su pico para verla nuevamente caer. Ese es nuestro trabajo, sacar a nuestro monstruo interno y mostrarlo al mundo como espejo de sus propias contradicciones. Terminando siendo sanadores de una herida colectiva al intentar sanar la propia. Somos el creador y el monstruo al mismo tiempo. Como le dice el personaje de Mary Shelley al protagonista de Frankenstein Chronicles: ese monstruo era mi pesadilla, ahora es la suya. Cuando terminamos de redactar nuestro libro nos liberamos de alguna forma de algo que nos asechaba desde nuestra sombra. Se la entregamos a nuestro lector con la esperanza de llevar luz también a su oscuridad.
Conocemos a alguien y sentimos de inmediato esas mariposas en el estómago –puede ser un lugar común pero es así como se siente, qué se le va a hacer-, y en el mejor de los casos somos correspondidos en nuestro sentimiento.
Entonces qué hacemos; tratar de congelar ese momento mágico en la hielera para tratar de que no caduque. Queremos tratar al amor como si fuera un fósil cuando en realidad es una energía muy sutil que no se queda quieta y le aterra verse atrapada.
Cuando se ama lo que para otros puede ser un sacrificio para nosotros se hace ligero, pues es la oportunidad de brindarnos a nosotros mismos a la persona amada. Pero si el amor se ha alejado de la relación todo lo que se hace por compromiso nos va matando de a poco.
Como para que nos quede claro la serie australiana The slap (2011), basada en la novela de Christos Tsiolkas, nos da literalmente una bofetada para que despertemos presentándonos varias relaciones de pareja en plena crisis. Ver cómo algunas pueden retomar el amor, otras seguir atrapadas en su incomodidad y otras liberarse, nos señalan las diversas alternativas a las que nos enfrentamos en nuestras propias relaciones.
Los affaires: ¿la solución?
Mientras estemos vivos volveremos a sentirnos atraídos por alguien. Pero qué pasa cuando esto sucede mientras estamos comprometidos con una relación. Algunos optan por arriesgarse en una doble vida, sumiendo a las tres partes del triángulo en una situación poco gratificante. Por muy excitante que sea una aventura, si la mantenemos oculta nos hará sentir vacíos, y nadie se merece eso.
Ojo, la opinión anterior sólo la dirijo a mi propia persona. Es estúpido intentar decirle a otro cómo debe llevar su vida. Lo que funciona para unos no necesariamente encaja a todos. No podemos juzgar nunca la vida de los otros, cada quién hace lo mejor que puede con lo que tiene. Para entender a alguien ponte en sus zapatos.
8 puertas de entrada a un mismo universo
The slap me recordó la novela corta de Gabriel García Márquez La Hojarasca, donde una historia es contada desde varias perspectivas. En 8 capítulos 8 personajes nos mostrarán sus vidas unidas por un hecho aparentemente trivial, la bofetada de un adulto a un niño malcriado en medio de una parrillada.
No es casual que el evento que convoca a los personajes sea la fiesta para celebrar los 40 años de uno de ellos. Comúnmente es en a esa edad donde los hombres sobre todo, pero también las mujeres, sufren lo que se llama la crisis de la mediana edad o más literariamente el “demonio del mediodía”, ese momento de nuestra existencia donde nos cuestionamos seguir con la vida como la hemos llevado o decidimos darle un giro radical.
Seguir a nuestro corazón
Mantener una relación sin amor o un trabajo al que odiamos es un infierno. Deberíamos guiarnos más por nuestro corazón que por nuestro cerebro. No es casual que muchas de las enfermedades que sufrimos respondan a que hemos perdido la alegría de vivir.
Lograr dedicarnos a la actividad que más amamos y estar con aquella persona que nos eleva tan solo con su presencia nos hace jóvenes a cualquier edad. Lo contrario es sentirnos jubilados y presos.
Algunas veces el mejor tributo que se le puede dar a una persona que en algún momento significó algo importante en nuestras vidas es decirle “ya no te amo”. Aunque duela, ambos merecen apostar por disfrutar su existencia a tope y no en la mediocridad de una relación por obligación o peor por resignación.
Tomar la decisión no es fácil pero contamos con un aliado, nuestro corazón. Si retumba de alegría es que se encuentra a gusto, si no lo veremos morir poco a poco. Es nuestra mejor brújula.
Definitivamente me identifico con el personaje de Anouk en la serie The slap cuando ante la ruptura con su última pareja decide escuchar a su corazón y se dice a sí misma “Entonces escribe, demonios”.